Carlos Soria Galvarro, el aprendiz de minero que aprendió a ser maestro

Página Siete La Paz – martes, 14 de junio de 2022

Entraba al curso en el edificio viejo de la Universidad Mayor de San Andrés y su sola presencia era sinónimo de respeto. No necesitaba decir una palabra porque todos los alumnos callaban automáticamente, saludaba y comenzaba a hablar. Ponía pasión a cada palabra; para él era una cuestión decisiva que los estudiantes aprendan que el signo de la coma iba antes de la palabra “pero” y no al revés. Le fascinaba hablar sobre las noticias y sobre todo cómo se las trabajaba. Tenía la rigurosidad de un relojero a la hora de solicitar a sus alumnos datos del pasado del país. Quería y quiere estar puntual con la historia.

Está cansado, pero jamás rendido. Pronto va a cumplir 78 años y es una fábrica de recuerdos. Fue militante de la Juventud Comunista, quiso ser minero pero no lo logró y trabajó en radios mineras, también fue pilar de Televisión Boliviana y escribió en medios nacionales e internacionales. Hizo libros memorables –su entrevista con Klaus Barbie y la recopilación de información sobre el Che Guevara– son parte de algunos de sus textos. “Sabes dónde me sentí mejor y creo que tengo más satisfacciones”… “siendo docente”, afirma.

Una niñez en bicicleta

Nació en Pairumani, Valle Alto de Cochabamba. Su familia era bastante nómada y él estudió en el colegio nocturno Teodomiro Beltrán. “Este colegio nos vinculó con la Juventud Comunista, además decían que era un nido de comunistas. Ahí conocí a los jóvenes comunistas y algunos venían a mi casa a hablar con mi hermano mayor. Recuerdo que hacían afiches sobre las denuncias contra la entrega de petróleo a una empresa norteamericana, eso me despertó curiosidad”. Por entonces era casi un niño.

Pasó el tiempo y fue convocado a esta agrupación. Se inscribió a la Juventud Comunista en marzo de 1960. “A mis 15 años participé en una primera manifestación nocturna que terminó en un ataque violento a las oficinas de la Oficina Norteamericana de Información y Propaganda, en la calle San Martín (en Cochabamba)”. Aquello ocurrió luego de que un diplomático de la Embajada de Estados Unidos informó a la revista Time que Bolivia debía dividirse territorialmente entre sus vecinos.

Pero no todo fue política en esta época de la vida de Soria Galvarro. Hubo momentos duros, como la muerte de su padre tras una larga enfermedad. “Pasar a estudiar en el colegio nocturno significó en mi vida muchos cambios. Tuve que trabajar. Estuve en una heladería haciendo trabajos manuales. Era una heladería de una señora judía muy viejita, pero muy simpática, era amable y muy cariñosa conmigo. Tenía 13 o 14 años”.

Fue vendedor de telas. Después trabajó con un amigo e iba a vender telas por cortes de tres metros. Viajaba a Cliza los domingos y a Punata los martes; el resto de la semana tomaba su bicicleta y recorría las afueras de la ciudad de Cochabamba vendiendo telas.

A veces sueña con esos, sus años maravillosos de la niñez. “Las vivencias de la infancia me atraen. Si pudiera volvería a Pairumani y a descubrir el mundo. Iría a San Isidro, cuando me dediqué a los libros y colectaba leña. Yo era el proveedor a diario para mi familia. Esa época me gustaría volver a vivir y lo haría con mucho placer”, explica el hombre que considera la canción Gracias a la Vida, de Violeta Parra, uno de sus himnos de vida. Y la mejor versión, para él, es la de Mercedes Sosa.

El piojo tuerto

En el colegio aprendió a hacer periódicos murales y panfletos. Debido a diversas circunstancias llegó hasta la mina Siglo XX, en Catavi. “Me vinculé a las radios mineras porque fui con la intención de entrar a trabajar a la mina, pero fui vetado y excluido de las listas de personal a contratar. No me quedó más remedio que vincularme a las radios”, cuenta.

Comenzó a trabajar en la emisora 21 de Diciembre. Debía escribir editoriales y redactar las noticias nacionales. Allí aprendió que las radios mineras eran muy combativas e instrumentos de la lucha sindical.

Estuvo allá más de dos años. La época dictatorial en el país (que duró entre 1964 y 1982) fue un objetivo de los distintos gobiernos de turno.

“Siempre pensé que García Meza frente a Banzer Suárez era un piojo tuerto; la verdad es que el régimen de Banzer fue mucho más duro, más criminal y duró siete años. Estuvo acompañado de una ofensiva de carácter ideológico contra las posiciones progresistas, democráticas y de izquierda; hubo una represión muy dura”, refiere el hombre que trabajó casi con obsesión la historia del Che; explica que la duda que le ronda respecto al guerrillero es ¿por qué vino a Bolivia?

Volviendo al garcíamecismo, recuerda que fue detenido cuando el militar asumió al cargo, el 17 de julio de 1980. Fue confinado a Puerto Cavinas, sobre el río Beni, con más de 50 compañeros. “Estuvimos ahí, en una base de la Fuerza Naval y después fui expulsado del país con un sello rojo que decía: ‘Expulsado de Bolivia por extremista subversivo’. Ésa era la credencial que nos daban en vez de pasaporte”, dijo.

De su paso por Televisión Boliviana recuerda la entrevista a Klaus Barbie. Una exclusiva con un asesino de guerra a quien le decían El Carnicero de Lyon.

La aventura que más lo encandiló fue la docencia. Lo invitaron a dar clases en Oruro y después estuvo dando clases en la Universidad Mayor de San Andrés.

Ayer presentó su Recordatorio estampas de la segunda mitad del Siglo XX; y desea que le alcance la vida para escribir otras dos obras. Está en eso… haciendo historia.

Carlos Soria Galvarro cuenta que el lugar más lindo del mundo es una biblioteca. Ama los libros y si tuviera que decantarse por un par, él elegiría El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Sobre su obra, él ha participado en vivo y se convirtió en un “guardián de la memoria”.

En la presentación de Recordatorio Estampas de la segunda mitad del Siglo XX, cuenta: “Ahí está Con la revolución en las venas (1980) cuyo subtítulo lo explica todo: Los mineros de Siglo XX en la resistencia antifascista, resultado de una estadía de más de dos años en los campamentos mineros de Catavi y Siglo XX. Lo mismo puede decirse de Vista al mar (1982), relato testimonial sobre el 17 de julio que, junto a Pajarito nuevo y El eco del monte, conforman la trilogía 1980. También Barbie-Altmann: de la Gestapo a la CIA (1986), cuya parte medular es la transcripción completa de la entrevista al personaje en cuestión en el viaje de retorno a su pasado”.

Tiene estas obras como observador cercano: “Coati 1972: relatos de una fuga (1997), sobre la espectacular escapatoria masiva de los presos políticos en la dictadura banzerista; la recopilación documental en cinco volúmenes El Che en Bolivia (1992-94 y 2005) y Andares del Che en Bolivia (2014). En coautoría con José Pimentel y Eduardo García lanzamos 1967: San Juan a sangre y fuego (2007), sobre la masacre de ese año”.

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